Ronroneo y Arañazos

sábado, 16 de abril de 2005

Esta noche ha sido diferente a todas sus noches. A mis noches.
Vivo persiguiendo su luz, vivo en su sombra proyectada por su grandeza. Y he vivido infeliz y al mismo tiempo complacido. Hasta aquella noche cuando Dubhe Alpha vino a su casa.
Entró con la invitación de mi hermano, usó el sillón grande sentándose a toda amplitud.
Quizás Syd no lo notó, pero Dubhe venía con una sola intención.
Arrancarle a mi hermano lo que sus demás amantes no habían logrado quitarle.
Yo había visto a mi hermano entre los brazos de diferentes amantes, pero era él quien tomaba las iniciativas. Era Syd quien arrancaba los suspiros y sus corazones.
Muchas veces deseé ser él. Ser el amante y no quedarme entre las sombras. Yo quería tomar, posesionar sus cuerpos, pero siempre me quedaba de observador.
Pero esta noche, veía en los ojos de Siegfried que sería él quien tomara las riendas, que le penetrara y le arrancaría el corazón.
Algo en mí hizo que el estómago se me revolviera.
Syd le sirvió vino; la plática se alargó. Syd hablaba y sonreía, Siegfried le veía de arriba para abajo, a los ojos y sonreía de vez en cuando.
Noté el nerviosismo acrecentarse de parte de Syd. Yo podía olerlo.
Una charla más, hasta tocar el tema preciso que dio pié a todo.
Siegfried se aproximó con ojos centellantes dispuesto a besar a mi hermano. Mi corazón aceleró su ritmo. Sentía que una extraña ira creciendo dentro de mí hacia Siegfried.
Syd dudó. Vi claramente que no lo deseaba en esos momentos, pero temía que cuando Siegfried tocara sus labios, esa oposición se terminara.
Apreté mis mandíbulas. Tenía que hacer algo.
El viento aumentaba. Caería una tormenta sobre Asgard como siempre. Tenía que hacer que Dubhe saliera de aquí antes de que empezara la tormenta.
Afuera su caballo estaba inquieto. Pensé en hacer huir al caballo, pero sería solo un pretexto más para hacerlo quedarse.
Entonces, si el caballo no huía, y en vez de eso...
Sonreí al fin y salí a buscar al animal que Siegfried trajo consigo.
- Si vas a amontar Capitán, que sea a tu caballo y no a Syd. – dije susurrando mientras avanzaba.
El caballo me vio venir, al sentirme cerca notó que era diferente a su amo y a los amigos del amo. Yo era salvaje y poseía una mirada animal. Era el Tigre de las sombras en busca de presas.
- Shhh... bonito... sooo. - Le hablé quedamente para tranquilizarlo. Lo desaté y lo guié hacia las escaleras de la mansión. Se opuso a subir, pero me las arreglé a que trepara sus patas por cada escalón.
Aún se oponía, pero no cedí hasta hacerlo entrar a la casa.
Ahí, una vez dentro le di un golpe que le asustó y le hizo perder el control.
Siegfried ya estaba subiendo a mi hermano hasta su habitación, mientras Syd aún oponía algo de resistencia. Pero al escuchar el escándalo del caballo dentro la casa, bajó corriendo y tratando de calmarlo.
Syd bajó y lo siguió hasta la puerta.
Yo me oculté de nuevo entre las sombras y podía verles a los dos.
Los ojos de Syd no parecían muy contentos. Miró a todos lados, acechando y buscando. Sospechaba que yo tuve que ver con esto y tenía razón.
- Perdóname, Syd. No sé como pudo desatarse y entrar a tu casa. -
- No te disculpes, Dubhe, no es necesario. Viene una tormenta, será mejor que te retires. – Syd le habló con seriedad. Noté su disgusto, pero aún así, no dejó que Siegfried prosiguiera.
Siegfried no insistió. Entendió que su deseo no era bienvenido. No protestó, no dijo nada más y montó su caballo y se fue galopando. Decepcionado.
Sonreí ampliamente y momentos después, la tormenta llegó.
La noche avanzó y Syd terminó su cena, dejando como siempre un plato con comida frente a sí en la mesa.
Siempre esperaba a que él terminara, para salir de mi escondite y alimentarme. Había veces que no iba y me quedaba en casa a comer, y otras veces, me quedaba a velar su sueño.
Comida digna de príncipes y yo me preguntaba, qué era yo en realidad.
¿Qué soy para Syd?
Dejé los platos en la mesa. Los sirvientes de mi hermano lo recogerían a la mañana siguiente.
Esperé dos horas a que Syd se durmiera y subí a su habitación.
La tormenta no había menguado. El viento ululaba en torbellinos de agua y frío. El pasillo que llevaba a su habitación tenía unos ventanales grandes y el viento se filtraba haciendo que las cortinas blancas se elevaran dándole una apariencia mística a ese paso.
Con mi brazo iba abriéndome paso entre las suaves caricias de las cortinas como velos de bailarinas del medio oriente.
Su puerta labrada y el picaporte de oro era lo único que impedía ver a mi hermano en estos momentos.
Extendí la mano y giré la perilla.
Lentamente entré sin hacer ruido. Todo estaba oscuro a excepción por las nubes color púrpura que se divisaban en el cielo por los grandes ventanales.
Los relámpagos iluminaban la habitación y los cristales retumbaban con los truenos.
Caminé y me detuve al pié de la cama de Syd.
Sus sábanas de satín cubrían la mitad de su cuerpo. Era como verme a dormir.
No deseaba dormir en la cama, no deseaba sus almohadas de plumas de paloma, no eran sus sábanas blancas... no entendía porqué.
Un relámpago intenso, me sacó de mis pensamientos y un trueno fuerte despertó a Syd sacándolo de su sueño como si alguien le hubiera atacado por la espalda.
Y ahí estaba yo, frente a él, sin tiempo para ocultarme de él.
Nos quedamos viendo uno al otro sin saber que hacer o decir.
Era primera vez, después de mucho tiempo que nos veíamos frente a frente.
Me miraba como si de una aparición me tratara. Como si fuera el espectro de algún sueño irreal.
Para mí, esto era extraño. Hacía mucho que lo había mirado de frente y que él me mirara de vuelta. Temblé, pero no me fui.
- Estas vivo... – Su voz rompió el silencio que siguió al trueno de la tormenta. Tantas veces había escuchado su voz y sus palabras, pero, dirigidas a mí... sólo la vez que le vi caer.
Aquella vez que deseé matarle y quedarme con su zafiro de Odín. En aquel tiempo cuando buscaba la manera de traicionarle sin que lo supiera. Cuando él creía que era solo él, el único guerrero de Zeta.
No sabía que yo le seguía, que era su sombra. Que gran parte de su poder, era gracias a mí.
Y ahora... frente a frente, después de los años. Después de mi traición fallida, donde mi corazón venció en la batalla.
¿Por qué no lo maté entonces?
¿Por qué seguía siendo su sombra?
- Por años creí... que jamás regresarías. – Se levantó de la cama luciendo su cuerpo medio desnudo. Todo me llevó a los momentos cuando Syd poseía a sus amantes.
¿Por qué pensaba en esto?
No retrocedí. Hacerlo, hubiera sido evidente de que le temía.
Se detuvo a la mitad del camino. Esperaba a que le abriera los brazos y lo llamara “hermano”. Yo no esperaba nada más. Yo no confiaba en las expectativas.
- Fuiste tú el que intervino entre Siegfried y yo... – Su voz se apagó gradualmente y escondió su cara. La vergüenza ahora reinaba en su mente.
- ¿Desde cuándo me sigues? ¿Desde cuándo me has visto en las noches? – Ahora el tono le temblaba. Ahora era él el que temía.
- Desde siempre... – Hablé claro, seguro y con sentencia.
Syd solo bajó más la cabeza.
- No creí que de verdad seguías escondiéndote. -
- Los platillos de la cena siempre estaban dispuestos para mí. Sabías que seguía siendo tu sombra... y ahora te avergüenzas de tus actos. -
Sin sentimiento, solo como su conciencia, sin piedad, le hablé. No esperaba que pidiera disculpas. Fui yo quien violó su privacidad. Yo entraba a hurtadillas a su habitación mientras le hacía el amor a un extraño. Un extraño que no era yo.
Le di la espalda para no tenerle que ver a los ojos.
- Entonces... fuiste tú quien soltó al caballo. Interferiste entre Dubhe y yo.
- Estaba claro que no lo deseabas. No querías ser la ramera de Dubhe. – Volteé y le lancé una mirada maldita acompañado de una sonrisa sádica.
Levantó la mirada y vio mi cara. Al principio, su rostro dibujó una decepción y luego un gesto de enojo.
- ¡¿Tú que sabes?! Serás mi sombra, pero no sabes que es lo que siento. – Me señaló con su dedo a la cabeza y luego a su corazón.
- No me interesa, nunca me interesó. – Volví a darle la espalda. Mi cabeza estaba hecha un remolino de pensamientos. Quería decirle que no quería que nadie más le tocara, quería hacerle ver que las manos cariñosas de los demás son solo placeres pasajeros. Pero que aquí tenía algo permanente. Su sombra que siempre le acompañaría a donde sea, incluso hasta la muerte.
Yo ya no era la sombra que buscaba ennegrecer su vida. Ahora quería ser la sombra de la luz que reflejaba Syd.
Yo había dejado de pensar en ello como si fuera pecado, pero Syd jamás lo entendería.
- No creí que fueras capaz de ser tan vil... ¿cuántas veces me has visto? ¿Qué tanto sabes? – Noté su nerviosismo al oler su sudor. Estaba intranquilo, yo me mantenía inmóvil.
- ¡Contesta! – Gritó iracundo. Nunca nadie me había gritado antes. Nadie había tenido el valor de hacerlo.
Volteé hacia él y me aproximé encarándolo sin vacilar y penetrando en sus ojos. Infligiendo miedo.
Sin duda era valiente. No retrocedió ni bajó la mirada. Me miró directo a los ojos como yo lo hacía.
- Quiero ver la eternidad en tus ojos cuando los miras. He querido sentir la agitación que les provocas cuando los tocas. Quiero escuchar nuestras voces levantarse hacia la tormenta cuando el momento llega. Quiero... quiero... – Dejé que mis impulsos me controlaran. Estuve a punto de tomar a Syd entre mis brazos y arrancarle el corazón con violencia. Pero me detuve.
Sus ojos revelaban una verdad que yo temía. Ya no podía controlar mis impulsos por mas tiempo.
- Estás enfermo... ¡SOY TU HERMANO! No es posible que sientas ese deseo... – Me empujó con fuerza. Retrocedí tres pasos con el impulso.
Hasta ahora, no había sabido que era lo que sentía al verlo. Ahora mi corazón no solo le ha revelado a él, si no hasta a mí, lo que tenía guardado, quizás desde la primera vez que le vi.
Igual... pero diferente.
Quizás el odio que sentía al principio, no era más que un deseo reprimido. Quería estar con él sin saberlo. Por eso nunca pude traicionare. Por eso en mis sueños, nunca pude asesinarle. No podía. Simplemente no quería.
Era el odio. El culpable fue el odio obsesivo. Mi capricho de hacerle daño, se convirtió en mi único motivo en la vida. Él, y nada más. Seguirle a todas partes, interferir en su batallas y salvándolo inconscientemente, fueron los primeros indicios de que mi odio no era normal, pero no quise darme cuenta. Se había vuelto una obsesión.
Una obsesión que ahora cobra un precio mucho mas alto de lo esperado. Ahora con el capricho de tenerle sólo para mí. El deseo de poseer su cuerpo. El amor que nadie ha conocido y que quería compartir con él.
- Esta noche me he dado cuenta de muchas cosas. Ya no quiero seguir soportando esta soledad a la que estoy condenado entre las sombras. Quiero a alguien que me conozca un poco al menos y ese eres tú, Syd.– Hablé mientras tocaba su cama e iba dibujando los dobleces de sus sábanas con mis uñas. De nuevo avancé hacia él con lentitud. Esta vez, Syd retrocedió.
- Quiero que me hagas el amor como le haces a tus amantes. Quiero sentir el abrazo del placer como tu lo haces. Quiero que seas mío. Esta noche y todas las demás. -
- ¿Te das cuenta de lo que dices? Esto no es posible, Bud... no puede ser. Somos de la misma sangre. Nacimos de la misma madre. No podemos ser amantes. Sería una locura y el pecado más grande. Te has condenado solo. – Syd retrocedió hasta quedar entre la pared y yo.
- No me importa condenarme. A estas alturas... ¿qué castigo sería terrible para mí? Si desde que nací, estoy condenado a las sombras. -
- ¡Basta! Te estas condenando... y me condenas a mí con tus palabras. Calla que me haces daño. ¡CALLA, Por que temo sentir lo mismo que tú!– Syd cerró los ojos y apretó los puños lanzando un golpe al aire. Trató de golpearme para hacerme callar, pero su golpe pasó de largo y entonces el abrazo se dio.
Lo toqué. Era diferente tocarle a cuando yo me tocaba. No se sentía lo mismo. Aún el abrazo de la mujer que me creció era diferente.
Pero un puñetazo me dio en la mandíbula cuando pasé mis brazos por su espalda.
Caí al suelo de forma aparatosa.
Enojado levanté la mirada y encontré su rostro con una expresión. Mezcla de furia y angustia.
No era la cara que yo deseaba ver. Le estaba haciendo daño, pero no podía detenerme.
Me levanté, mientras Syd volvía a retroceder y se colocaba en guardia.
Pasé de ser su sombra a ser una amenaza.
- No quiero hacerte daño. – Mi voz cambió a ser casi suplicante.
- ¿Entonces qué quieres? ¿Por qué te comportas así? ¿Qué sucede contigo? – Su voz era ya desesperada.
- Somos hermanos... Bud. Lo que pides es impensable. -
- ... Pero no imposible. – Me aferré a mi palabras. Syd ya no concebía la idea de que realmente estaba deseándolo.
Quise acariciarle el rostro, pero solo recibí un empujón de su parte. Al hacerlo, pasó junto de mí empujándome.
Yo pensé dos veces antes de darle la cara de nuevo.
- Syd... -
- ¡CALLA! No quiero oír mas. ¡Vete! Y cuando recapacites, hablaremos tranquilamente. – Abrió la puerta de su habitación para dejarme salir. Pero yo no me moví.
- ¿No entiendes? ¡LARG...! – Su voz se quebró en ese instante. Todo había sido muy rápido e inesperado para él.
Azotó la puerta con los puños. No buscaba como desquitar la impotencia y el miedo a lo que estaba pensando.
Gritó una mezcla de maldiciones y cuestiones en contra de los dioses hasta caer rendido.
Me aproximé sin que lo notara y me incliné junto a él.
Lo abracé y con el dorso de la mano le sequé las lágrimas que le brotaban por el coraje. Tal y como yo lloraba de niño, cuando sentí impotencia y la rabia me ganaba.
Syd se sujetó de mi capa y me abrazó con fuerza. Me abrazó como hermano y no como yo quería que lo hiciera.
Esperé a que se calmara un poco mientras acariciaba su pelo para tranquilizarle.
Mi voz le hablaba al oído. Le decía palabras que jamás había pronunciado antes, todas juntas y solo a él. Syd solo hundía su cara en mi cuello, queriendo evitar mi susurro, hasta que me separé de él y le miré a los ojos.
Me acerqué lentamente a sus labios.
- No lo hagas... Bud... no. – Suplicó en vano mientras su voz se apagaba con el sello de mi boca en la suya.
Un beso para acallar mi deseo y su llanto.
Su boca se negó al principio, pero mi insistencia le despertó curiosidad de saber que se sentía el besar a su gemelo. No era como besar a un espejo. Los espejos son fríos, pero yo estaba vivo, como él.
No quise separarme de su beso, pero la posición en la que estábamos era muy incómoda. Syd fue el primero en retractarse. No me miró a los ojos, ni tampoco me dijo nada.
Solo abrió la puerta y espero a que saliera.
- Entonces... no me amarías nunca. -
- No insistas... por favor. Ve a casa. -
Me levanté con un nudo en la garganta y crucé la puerta.
Ésta se cerró detrás de mí y con ella se cerró toda esperanza de encontrar felicidad.
Atravesé el pasillo que llevaban a las escaleras, pasando de nuevo por los ventanales con cortinas blancas. Me disponía a bajar y salir corriendo cuando oí su voz llamándome.
Me detuve, no lo miré, si no que me quedé estático, dándole la espalda.
No oí nada mas, no escuché sus pasos, ni nada que le delatara al aproximarse. Solo sentí sus brazos rodeándome por detrás.
- No me abandones... no me dejes solo. -
Levanté la cabeza y miré hacia el techo buscando palabras para decirle, pero mi mente ya no pensaba en nada que no fuera su abrazo.
- Tengo miedo. No quiero que nos condenen por esto, pero si tu no lo puedes evitar, yo tampoco. – Sus manos me forzaron a voltear.
Nuestras miradas se encontraron nuevamente, ahora más profundas que antes.
Acaricié su rostro y el correspondió cerrando los ojos y entrelazando sus dedos con los míos.
- Dime que me amas... es lo único que... –
- Te amo. - Me interrumpió con su voz segura, sin temor.
Besó con ternura mi mano y yo le adoré mirándole de cerca como pocas veces le había admirado. Ahora podía decir de que color exactamente eran sus ojos. Cada imperfección de su rostro y aprendérmelos de memoria. A pesar de ser idénticos, teníamos cosas que nos hacían diferentes.
Pero ahora, lo que sentíamos era igual.
Esa noche compartí su cama. Solo me dediqué a acariciarle mientras dormía. No quería obligarle a nada, hasta que él quisiera.
Pero en su interior empezaba a descubrir lo mismo que yo. Que a pesar de haber sido separados, siempre habría algo que nos uniera. Pero esta unión estaba condenada.
Y Asgard nos maldijo la noche que al fin consumamos nuestra pasión.
De nuevo vivo e sombras, oculto para que nadie me vea. Oculto de todo lo que pueda dañarnos y vigilando. Siempre alerta.
Pero en la oscuridad de la noche, mis dominios se amplían y puedo compartir el lecho que el corazón de mi hermano me ha abierto.
El castigo eran las sombras, pero ya las mismas sombras me ofrecían sus favores.

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